La COP30 en Belém se inscribió en una secuencia decisiva para volver a situar la naturaleza en el centro de la agenda climática, en un contexto en el que las expectativas son especialmente altas ante la proximidad de las nuevas contribuciones determinadas a nivel nacional para 2035. Para la UICN, el reto consiste en transformar las promesas en avances concretos para el clima, la naturaleza y las poblaciones: elevar la ambición para 2035, crear sinergias efectivas entre las Convenciones de Río, hacer que la adaptación sea medible, financiar la transición a la escala adecuada y situar la equidad en el centro de las decisiones. En este contexto, hay un mensaje claro: la ambición climática solo será creíble si es al mismo tiempo «positiva para la naturaleza», medible, financiada y aplicada al nivel adecuado de decisión, es decir, el de los territorios y, por tanto, el de las ciudades.

Con este espíritu, tuve la oportunidad de intervenir en el Pabellón de Francia durante la sesión «Construir las ciudades del mañana: soluciones para un desarrollo urbano resiliente y con bajas emisiones de carbono». Los debates reafirmaron que las soluciones basadas en la naturaleza constituyen un pilar de la acción climática: la gestión sostenible y la restauración de los ecosistemas permiten responder a los retos de la sociedad. En particular, recordé, a través de ejemplos en Francia y en el extranjero, hasta qué punto la restauración de dunas, bosques litorales o ecosistemas costeros puede amortiguar los efectos de los fenómenos extremos y proteger a poblaciones enteras, especialmente en un mundo en el que una parte importante de la población vive cerca de las costas.

Esta discusión condujo naturalmente al papel de las ciudades, punto clave de la COP30. No habrá una transición climática sostenible sin los gobiernos locales: ellos planifican y regulan la transición. Sin embargo, menos del 10 % de la financiación climática les llega hoy en día, a pesar de que los impactos se materializan primero a nivel local y de que las inversiones necesarias se deciden y se despliegan sobre el terreno. Ilustré esta realidad con la experiencia de la ciudad de París y la misión «París a 50 °C», un ejercicio prospectivo destinado a preparar la capital para escenarios de calor extremo, y compartí ideas concretas que combinan la planificación, las soluciones basadas en la naturaleza, la protección de las poblaciones vulnerables y la gobernanza de crisis.

Por último, quise recordar un punto fundamental para la UICN: la biodiversidad no es una víctima pasiva del clima, sino un agente activo en su regulación. El clima y la biodiversidad son inseparables, y no se puede estabilizar uno sin reforzar el otro. Al destacar el papel de los animales salvajes en la mitigación y la adaptación —verdaderos «ingenieros» y «jardineros» de los ecosistemas—, quise subrayar que proteger la vida también significa proteger los ciclos ecológicos de los que depende nuestra propia seguridad, incluida la climática.

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