Durante las Navidades y el año nuevo, murieron tres figuras que han dado forma al movimiento medioambiental actual: Thomas Lovejoy, Richard Leakey y Edward O. Wilson.

Como empezamos el nuevo año lleno de propósitos por la lucha contra la pérdida de biodiversidad, necesitamos reflexionar sobre lo que podemos aprender de sus legados, de modo que honremos el mundo natural que tanto lucharon por proteger.

Thomas Lovejoy murió el día de Navidad, a los 80 años. Este, no sólo transformó nuestro vocabulario medioambiental, acuñando la expresión «diversidad biológica», sino que su trabajo en el Amazonas sobre las tasas de extinción en la década de 1980 hizo sonar la alarma sobre la crisis de la biodiversidad.

Lovejoy también fue fundamental en la fusión del movimiento conservacionista con el activismo climático: tras destacar la relación causal entre la actividad humana y el declive masivo de especies, vio las soluciones en la naturaleza a través de la restauración del hábitat. Por tanto, él inspira nuestro llamado a las soluciones basadas en la naturaleza de cara a 2022.

Quizá más famoso por su trabajo para demostrar los orígenes africanos del homo sapiens, el movimiento conservacionista francés recordará a Richard Leakey por su feroz batalla contra el comercio de marfil que estaba diezmando las poblaciones de elefantes en su Kenia natal. En 2014, Francia fue el primer país europeo en seguir el método pionero de Leakey de destruir las reservas, quemando 3 toneladas de marfil incautado: un poderoso ejemplo de uso de la conectividad global para provocar un cambio a nivel sistémico.

Edward O. Wilson dedicó sus 92 años de vida a una intensa y, en última instancia, esperanzadora exploración científica de las relaciones humanas con otros animales. Mientras sentimos cada vez más las consecuencias de la desconexión humana con el mundo natural, haríamos bien en redescubrir la afinidad con otras especies -o «biofilia»- que Wilson destacó como un rasgo fundamentalmente humano.

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